Hay una pregunta que me hacéis a menudo: ¿Cómo puedo escribir determinadas escenas sin que me afecten? La respuesta corta es: Sí me afectan. La respuesta larga es bastante más interesante.
Cuando escribo una escena de violencia, de manipulación, de deseo mal entendido o de dolor, no lo hago desde el caos. Lo hago desde el control. Necesito tomar distancia, no para dejar de sentir, sino para poder mirar. Mirar qué está ocurriendo. Qué necesita saber el lector o qué necesito enseñarle del personaje. Qué tiene sentido que esté ahí o qué sería simplemente gratuito.
Porque si escribiera desde la emoción pura, sin dar un paso atrás, probablemente conseguiría desahogarme, pero no quiero desahogarme en una página. Quiero construir una historia y que esa historia te remueva a ti.
La distancia también es una forma de mirar
Cuando escribes sobre algo oscuro, existe una tentación muy fácil: mostrarlo todo. Acercar la cámara.
Hacer que el lector lo vea, lo sienta y no pueda apartar la mirada, pero no siempre hace falta. A veces, precisamente, ocurre lo contrario.
La escena puede ser mucho más poderosa cuando decides qué no vas a mostrar. Cuando dejas algo en la sombra o permites que sea la imaginación del lector la que complete aquello que tú has decidido no enseñar.
Por eso intento colocar la cámara donde debe estar. Ni un centímetro más cerca de lo necesario.
Especialmente cuando escribo sobre trauma.
No quiero convertir el dolor en espectáculo. No quiero que una escena exista solamente porque puede provocar un impacto. Tiene que servir a la historia, decir algo del personaje o cambiar algo. Si no, sobra.
Y esa decisión, aunque pueda parecer pequeña, forma parte de la arquitectura de una novela.
Porque escribir una escena intensa no consiste únicamente en hacerla intensa. Es un trabajo de arquitectura, no de intensidad.
Lo que ocurre cuando cierro el ordenador
Eso no significa que todo termine cuando escribo «fin de escena».
A veces cierro el ordenador después de escribir algo especialmente oscuro y necesito unos minutos. Quizá una ducha, un café, leer. Hacer cualquier cosa que me recuerde que mi vida real no tiene giros de guion cada tres páginas.
Porque durante un rato has estado ahí dentro, has mirado a través de los ojos de alguien que no eres tú. Quizá hayas entendido cosas que a lo mejor no compartirías. Has llevado a un personaje hasta un lugar al que tú jamás llegarías.
Y después tienes que volver: a tu vida, a tus cosas. A ti misma.
Ese es, probablemente, el precio de escribir desde la oscuridad.
Y lo pago con gusto, porque esa distancia es también la que me permite acercarme a determinados temas con respeto. Sin convertirlos en morbo, sin buscar el impacto fácil. Sin olvidar que, aunque mis personajes sean ficción, aquello que sienten puede ser muy real para quien los lee.
Así se está construyendo «Naufragio»
Todo esto parece muy teórico hasta que estás delante de una escena y tienes que decidir. ¿Lo muestro? ¿Lo escondo?
¿Hasta dónde dejo entrar al lector? ¿Dónde tiene que estar la cámara?
¿Y qué necesita comprender de este personaje antes de juzgarlo?
Durante meses he estado tomando esas decisiones con Naufragio. Una detrás de otra.
Algunas han sido fáciles, pero otras no tanto. Una novela no se construye solamente escribiendo escenas; se construye decidiendo qué decir, qué callar y qué dejar para después. Ahora la historia está terminando de pasar por otras manos.
Y mientras espero sus impresiones, yo también intento tomar distancia. Mirarla desde fuera, como harás tú cuando llegue el momento de leerla.
Todavía quedan unos meses.
Y durante este tiempo quiero enseñarte algo que normalmente no se ve: cómo se construye una historia antes de que llegue a tus manos.
Sin desvelarla.
Sin destriparla.
Pero dejando pequeñas grietas por las que puedas mirar.
Nos vemos la próxima semana.
🖤


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