Tregua

Bandos

Que la ciudad era un lugar menos hostil no era del todo cierto, y no solo porque Nando seguía escondido en ella. Eduardo dejó de ser la persona violenta a la que había que temer, pero no dejó de ser un líder con miles de seguidores. Y que Nando resultara ser un asesino no hizo que no hubiera personas que simpatizaran con sus ideas, aunque estas fueran impuestas por Rodrigo Sánchez.
La ciudad empezó a ser segura para los niños, por ejemplo, que pudieron volver a los colegios y a reunirse para jugar en las calles, pero los adultos (sí, esos que debían dar ejemplo) peleaban por sus ideas, entre ellos, entre bandos. No solían reunirse a propósito, pero si se cruzaban, ya había jaleo.
También es verdad que la policía ya no lideraba ninguno de esos bandos, sino que se preocupaba de mantener el orden y la paz en las calles.
Hubo un grupo más radical, muy minoritario y muy agresivo, que se peleaba también con la policía si hacía falta.
Estáis atando cabos, ¿verdad? Exacto. Eduardo era policía. Ah, sí, y eso también. Seguía siendo el líder de La Resistencia.

Perdiendo

La pelea, entre el barranco y el polígono, se les fue de las manos y los vecinos terminaron llamando a la policía. Llegaron dos coches. No fue suficiente y pidieron refuerzos.
Se unieron otros dos coches, con Eduardo y Borja. Intentaron negociar, contenerlos, separarlos. Y no salió bien.
A Borja lo dejaron fuera de juego de un golpe en la cabeza. Eduardo intentó sacarlo de la pelea y descuidó su espalda. Le dieron un golpe en el hombro que todavía le daba problemas. Al verlo, los miembros de La Resistencia quisieron protegerlo. Pues eso no fue lo que lo salvó.

Correr

Había demasiada sangre para que no hubiera víctimas mortales y Eduardo se preocupó. Buscó con la mirada algún cuerpo en el suelo que no se moviera. Fueron segundos muy angustiosos. Largos y desesperantes.
Le caían encima personas mientras intentaba que Borja reaccionara. Y cuando vieron que no iban a ganar la pelea, hicieron lo que tenían interiorizado: correr.
Empujaron a Eduardo para que corriera con ellos. Solo hay una manera de mover a una persona que pesa casi cien kilos: entre tres o cuatro, aprovechar la incertidumbre y que no esté haciendo ninguna fuerza.

Un último pensamiento

La gente se dispersó. Se separaron para intentar despistar a los radicales que los perseguían. Eduardo comprobó que no le seguían y se apoyó en la pared, dejándose caer. Movió el brazo izquierdo, muy poco, hasta donde el dolor, que era mucho, le permitía. El dolor le subía por las cervicales, el cuello y la cabeza. No tenía ninguna gana de seguir con esa absurda pelea cuando levantó la vista hasta los cuatro tipos que tenía delante. Suspiró.
Durante medio segundo quiso sacar la pistola. Luego se concentró en que no se la quitaran. Buscó la manera de escapar, porque era lo suficientemente inteligente como para no entrar en un combate que no podía ganar. Y lo rodearon. Me dijo que solo era capaz de pensar en mí. Mal momento para despistarse con romanticismos…

Un disparo

Intentó defenderse y devolver algún golpe, pero no podía. Sintió cómo las fuerzas terminaban por abandonarlo y sintió rabia de que lo fueran a matar así, a golpes, cuatro locos. Los escuchó decir que no era tan difícil y que Nando estaría orgulloso de ellos, por hacer algo que a él no le habían dejado en aquella manifestación.
Eduardo, tirado en el suelo, intentaba seguir respirando cuando escuchó el disparo. Pensó en Borja, en que había reaccionado y lo había encontrado. El disparo habría sido para asustarlos. Sin embargo, los siguió escuchando murmurar.
—Largo de aquí —reconoció la voz. No era Borja.
—Pero… —Se quejó uno.
—Fuera, he dicho.
Nando se agachó y le buscó el pulso.
—A ti tengo que matarte yo, me oyes, así que aguanta.
Y llamó a una ambulancia con el teléfono de Eduardo.

Tregua

Nando le salvó la vida a Eduardo solo porque quería matarlo él y a su manera. Pero lo salvó.
Mientras la ambulancia llegaba, lo arrimó a una pared para apoyarlo y lo examinó. Comprobó los golpes más graves y se lo decía, para que Eduardo lo repitiera al médico. Para que no perdieran tiempo.
—Me parece que esta herida es la más seria —dijo mientras Eduardo lo miraba incrédulo—, tienes un par de costillas rotas…
—¿Qué demonios haces? —consiguió preguntarle.
—¿No me has oído? Tengo planes para tu final. No quiero que nadie se me adelante. Después de todo lo que hemos pasado juntos, tenemos que darle a nuestra historia un mejor final.
—Estás loco…
—Sí, puede ser. Míralo de esta forma: te estoy dando una pequeña tregua, un poco de margen para que pongas en orden tus asuntos, te despidas de tu familia, de él.
Eduardo no tenía fuerzas ni ganas de hablar con él, pero lo miró con rabia cuando me mencionó.
—Tranquilo, he pensado en algo para él también. Al fin y al cabo, dejarlo vagar por este mundo sin que estés tú para protegerlo y defenderlo… Le haré el favor de que se reúna contigo rápido en el otro mundo. Es muy romántico, no sé por qué me llamas loco…
Cuando se empezó a escuchar la ambulancia cerca, se fue.
En esa pelea no murió nadie. Pero las palabras de Nando fueron un poco matar en vida a Eduardo, que me miraba desde la cama, en la habitación del hospital, con la mirada oscura y apagada, serio, preocupado y triste. Yo le devolvía la mirada desde el sillón, a su lado, sin poder moverme, sin poder siquiera pensar.

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