Al límite
Rompió el silencio el cristal de una botella al chocar contra el suelo. Eduardo levantó la cabeza hacia el sonido y vio un gato que le devolvió la mirada y después, el animal siguió entretenido, como estaba escarbando entre los cubos de basura.
Eduardo volvió la vista a sus manos entrelazadas. Se miraba las manos casi sin parpadear, como si entre los nudillos pudiera encontrar respuestas. O al menos silencio. De hecho, mantenía una respiración constante, intentando que el acto lo concentrara lo suficiente como para calmar un poco todo el ruido que tenía en la cabeza.
Cerró los ojos. Se esforzó por tragar el nudo que de repente se le había formado en la garganta, pero no lo consiguió, y sintió unas lágrimas silenciosas mojarle la cara. Odiaba llorar. Ya sabía que esa era la forma en la que su cuerpo le avisaba de estar al límite. Ahora no se lo podía permitir.
Los pasos
Al comprobar que allí sentado en aquel banco no iba a encontrar lo que buscaba ni se calmaría, se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta y empezó a caminar. Los cristales rotos crujieron bajo sus botas y el gato ronroneó, pero Eduardo no lo escuchó. Sin querer, se encogió un poco dentro de su chaqueta para protegerse del frío. El aire llevaba consigo gotas de lluvia, finas y heladas.
Solo se escuchaba el sonido de sus pasos, que aumentaba si pisaba algún charco en la acera. Un «plas» que parecía querer provocar otra reacción en él, que lo sacara de la indiferencia con la que andaba.
Metió las manos en los bolsillos y notó la suave vibración del teléfono entre los dedos. No sintió la necesidad de responder. Y eso le dio miedo. Pensó en Aitor. No se merecía el silencio. Pero tampoco que siguiera arrastrándolo a su infierno. Le pareció escucharlo decir: «Deja que yo decida por mí» y tuvo que sonreír.
Aitor era esa paz que perdía cada vez que estaba lejos de él. Y no podía evitar sentir que era injusto. Si se dejaba llevar, ponía a la persona que más quería en el mundo en primera línea de fuego. Quizá era egoísta y lo alejaba de él porque no podía dedicarse a protegerlo y a cuidarlo como se merecía.
Sintió la rabia de nuevo nublarle el juicio. Se olvidó de su respiración consciente. Quiso coger las riendas de sí mismo otra vez y empezó a contar los pasos mentalmente. Uno, dos, uno, dos. Izquierda, derecha. Y de repente paró. Miró alrededor. Nada. Nadie. A su alrededor, solo silencio, el negro, el gris, las sombras. Alguna bombilla de luz cálida, que no alumbraba más allá de lo que tenía justo debajo.
Otro gato, quizá el mismo de antes, cruzó a la acera contraria por la carretera, despacio, convencido de que a esa hora el tráfico no lo aplastaría contra el asfalto. Eduardo siguió al felino hasta el callejón. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared. El frío le recorrió hasta la nuca. El gato se ocultó tras un hueco en la pared. Una inacabada que formaba parte de un edificio en construcción. Eduardo suspiró. Pensó que, tras esa pared, los gatos se harían compañía. Sin mirarse siquiera, sin acercarse unos a otros. Solo estar. Y se preguntó en qué momento él había decidido estar tan solo.
La puerta
Suspiró. El corazón le latió como arañándole por dentro y le hizo daño. No pudo más. Se levantó y se acercó a la pared inacabada. La golpeó con el puño, sin fuerza. El teléfono volvió a vibrar. Susurró su nombre. Aitor sabía que no estaba bien y por eso lo llamaba. Así era la conexión que los unía.
No fue consciente de cómo llegó. Le dio igual. Arrastró sus pedazos hasta la puerta y, agotado, apoyó la frente en ella.
Lo escuchó al otro lado. Lo imaginó mirando por la mirilla. Abrió despacio. Sus ojos se agrandaron al verlo, como si estuviera recibiendo una droga.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Eduardo negó con la cabeza. Y Aitor lo abrazó con fuerza, uniendo sus pedazos rotos.
Hay personas que llegan para salvarte. Y otras que llegan para quedarse contigo mientras te hundes
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