A veces amar es olvidar quién eras antes de pronunciar su nombre.
Quiero preguntarle a Andy si recuerda su vida antes de que Héctor apareciese en ella. Llega cansado. Se sienta delante de mí, no me mira y se frota la cara con las manos, como intentando quitarse una sensación desagradable.
Suspira antes de responder. Su voz es casi un susurro…
—¿Cuánto antes? ¿Antes de tenerlo enfrente o antes de que mi mano sobre su camisa fuera lo único que nos separaba? Si hubiera sabido antes que… ¿Lo hubiera hecho todo igual? No lo sé. Quizá no. Así me engaño… ¿Me sentía cómodo en mis locuras? Quizá no. No sé qué pasó después.
Hace una pausa. Se hace hacia delante, cruzando las manos, apoyando los codos en las rodillas. Mira a algún punto fijo del suelo, como buscando ese instante exacto en el que decidió destrozarse la vida por enredarla con la de Héctor. De repente parece sonreír.
—Solo hubo una vez que desperté antes que él. Su brazo me rodeaba con fuerza, no como alguien que duerme tranquilo. Su instinto de supervivencia sabía que yo no debía salir de la cama antes que él. Con un mínimo movimiento que yo hiciera, se despertaría. Pero yo no tuve ninguna mínima intención de apartarme de él. Lo miré todo ese tiempo indefinido. Intenté en vano definir el color de su pelo. Conté cada mechón que caía sobre su frente. Sus pestañas. Memoricé la línea de su nariz y esa línea que hace de límite entre su boca y mi ansiedad. Disfruté del silencio solo roto por su respiración tranquila, de la inocencia de su sueño. Me dejé arrastrar por la paz de la habitación. No existía nada antes de esa extraña paz. Entonces abrió los ojos.
Siente un escalofrío, lo veo. Es casi contagioso. Luego cierra los ojos. Escucho su corazón latir. Está nervioso.
—¿Estás bien? —pregunto. Alargo la mano, pero me contengo antes de acariciar el hueco vacío.
Cuando vuelve a hablar, su voz ha cambiado. Hay un rastro de dolor y tristeza de alguien que ha sido arrasado por el fuego.
—No existe un antes, después de su mirada. Yo ya no recuerdo nada antes de él. Después de él, tampoco.
Entonces sí, me mira. Se levanta y se va, sin girarse ni una vez, con los puños apretados, tenso. Me entristece tanto que no recuerde quién era… Que haya olvidado su optimismo, su alegría natural. Su manera de hacerlo todo con el entusiasmo de un niño…
Al rato, le hago la misma pregunta a Héctor, que llega arreglándose la chaqueta y la corbata, como si se lo acabara de poner. Pienso en Andy. ¿Cuánto más aguantará…?
—¿Qué te dijo él? —pregunta, mirándome fijamente, con los brazos cruzados.
—Que no recordaba nada antes, ni después.
Le leo una sonrisa de triunfo. Pero dura un segundo.
—¿Y tú? ¿Cómo dirías que era tu vida antes de él?
Es un golpe muy bajo y certero en el centro del alma, que podría doblarlo en dos y hacerlo caer de rodillas. Pero se endereza y me mira con rencor.
—Quedas advertida de que no será una respuesta tan blanda ni romántica como la suya. Una vez empiece, no habrá vuelta atrás.
—Así empezó tu padre. Con esa frase.
Otro golpe. Veo el fuego de sus ojos. Soy la única con la que se permite la paciencia; no tiene más remedio. A cualquier otra persona ya la habría hecho pedazos. Conmigo no puede. Yo lo he rodeado de la ficción en la que vive. Podría borrar todas las líneas que hablen de él… Le sonrío para destensar el ambiente.
—Adelante —digo—, no te interrumpo más. Cuéntame.
No es posible que escriba aquí, como si fuera un artículo más, lo que me contó. Creo que aprovechó para desahogarse, solo para liberarse un poco de su pesada carga, de su pasado, de su nombre, de quién es y de cómo ha llegado a serlo. La firmeza de su voz dejaba un eco frío y distante en la habitación, como algo sobrenatural. Asusta que, al contrario de Andy, Héctor recuerde perfectamente quién era. Y no le tiembla la voz al contarlo, como el que cuenta una historia de terror sin emoción.
Puedo escribir cómo acabó la conversación, cambiando a un sonido más cálido, como si hablara de un tesoro que solo conoce él.
—Eso fue antes. Antes de verlo por primera vez, de chocar con el color imposible de sus ojos y su mirada. De su inocencia. De que dijera tanto solo con sonreír. Y de su dejarse llevar, sin miedo, pero temblando. Antes de su espalda, de su sudor, de sus gemidos, de su aliento. Después de todo eso, todo fue él, sus ojos, su risa, el latir de su corazón, verlo dormido, tocar su piel. Acariciarle el pelo.
—No recuerdo que alguno de los dos haya dicho «te quiero» al otro, alguna vez… —digo de repente.
—¿Por qué iba a decirle eso? —pregunta con arrogancia.
Muy de él comportarse así de estúpido. Pero sus ojos no dicen lo mismo que sus palabras. No solo lo quiere, no solamente se ha enamorado. Héctor espera que el amor sí lo salve, aunque mientras eso ocurre, tenga que atravesar el corazón de Andy y, sobre todo, asegurarse de que es únicamente suyo. A mí me preocupa que sea demasiado tarde y que ese amor que espera que lo salve sea el que lo está destruyendo todo…
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