He estado hablando con ellos sobre si creen en su respectiva inocencia… Ya os adelanto: ninguno lo es…
Héctor responde, con un tono malhumorado:
—¿Que si me parece inocente? ¿Y qué es exactamente ser inocente? ¿Lo parece? Sin ninguna duda. Esa ingenuidad, la mirada abierta, despierta, limpia… Su sonrisa. La risa con la que rompe el silencio, como si fuera un niño, espontánea y sincera. Pero después… cuando se quita la ropa con urgencia. Cuando muerde. Cuando te pide con ansia que lo marques, cuando busca el dolor. Y le da igual con quién, con tal de saciarse. ¿Dónde está su inocencia, entonces? Te aseguro que entre las sábanas no. ¿Es inocente? No, no lo es. Todo tiene un porqué a su alrededor, en eso es verdaderamente increíble. Por eso me lo preguntas. Él nunca ha hecho daño a nadie. ¿De verdad? Es un hombre bueno, amable, generoso… Te diré algo que sabes, porque el hecho de que él sea así es responsabilidad tuya. Es precisamente alguien que conoce a la perfección todas sus cualidades físicas y psíquicas y las sabe manejar a su antojo, por norma general, para conseguir que alguien se meta en su cama y le dé la dosis diaria de su droga favorita. ¿Parece inocente? Por supuesto. Sabe que necesita parecer inocente para conseguir lo que quiere. ¿Es inocente? Rotundamente no.
Yo sigo la conversación. Reconozco que me gusta llevarlo al límite…
—Creo que te enfada más por lo que ha hecho contigo.
—¿Qué se supone que ha hecho conmigo?
—Que parezcas inocente.
Gruñe. Da por terminada la conversación. Veo cómo deja el rastro del fuego por donde pasa.
Un rato después, le hago la misma pregunta a Andy.
—En alguien como él no se puede decir simplemente sí o no —dice distraído—, hay que matizar la respuesta.
—Él sí tuvo muy claro que tú parecías inocente. También dejó claro que no lo eras. Venga, responde. Para ti, ¿él parece inocente o no?
Mira al techo, como pensativo, pero lo conozco y no está pensando en la respuesta que debería darme. Piensa en el tiempo que está perdiendo, en todos los lugares donde preferiría estar y en la siguiente pelea que le puede esperar con él, si lo he calentado demasiado.
—¿Lo has mirado a los ojos? —dice de repente.
—Sí, siempre.
—¿Y qué ves?
—Un ser bastante egocéntrico y soberbio.
Ríe. (…)
—Tú no ves lo mismo —afirmo.
—Yo veo a alguien escondido tras una puerta, detrás de un muro, al otro lado de unos barrotes hechos con las peores experiencias que puede sufrir un ser humano. Veo heridas incurables, un daño irreparable, un animal acorralado intentando sobrevivir a algo que solo ve él. Veo un miedo irracional al reflejo del espejo. No parece inocente porque siente que solo así sobrevivirá, pero lo es.
—Solo justificas sus actos por lo que le hicieron. No parece inocente porque no lo es. Es, lo que parece, un ser sin escrúpulos y poco dado al diálogo si no le interesa o no puede sacar ningún beneficio de la conversación, que recurre a la violencia sin pensarlo dos veces. Si tú ves otra cosa, estás peor de lo que pensaba.
—Créeme, lo sé porque lo he visto, cuando no se da cuenta, mirando el cielo, soñando despierto. También lo he visto sentarse en el suelo para jugar con los niños, aunque se le arrugue el traje. Y lo sé porque es la persona más noble del mundo con cualquier animal, grande o pequeño. Y a veces no quiere y se cree que no me doy cuenta, pero hace caricias solamente con el roce de los dedos. Tiene razón, soy menos inocente que él, aunque lo parezca más. Esa es mi respuesta y lo siento si no es la que querías oír.
Da por terminada la conversación. Yo también, esta vez no tengo más remedio. Al menos me alegra verlo sonreír, como siempre. Pero la realidad es que sí lo ha hecho. Andy hace que Héctor parezca inocente. Y es un problema…
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