Una historia de Fuego Negro. Un relato sobre el amor imposible, la obsesión y ese instante de felicidad que, aunque efímero, marca para siempre.
¿Por qué tenía ganas de llorar? No lo obligaba a nada. No hacían nada que él no quisiera, que no buscara. Lo entristecía su reacción cuando descubría que no lo tenía en exclusiva. Él seguía siendo libre, a pesar de que estaban juntos. Pero tampoco lo habían hablado de manera formal. Entonces, ¿lo estaban? ¿O no…?
¿Por qué esa rabia en el estómago? Dos minutos antes, esa rabia eran cosquillas, nervios, mariposas que la ilusión de tener algo con él hacía aflorar en el centro de su ser. Y ahora se pregunta: «¿Tener qué con él…?».
No iba a engañarse, decide mientras alcanza su camiseta y se seca las lágrimas. No son compatibles. Su historia es imposible. Él no dejará de ser como es y Héctor es incapaz de quererlo bien porque no sabe lo que es querer. No lo culpa, nadie lo enseñó. Pero ahora es él quien sufre las consecuencias.
También decide que ese día aguantará sin su dosis diaria; puede hacerlo. Se mete en el baño, se arregla el pelo y se lo dice en voz alta: «Puedo hacerlo».
Entonces lo ve, detrás de él, reflejado en el espejo. El espejo es de un tamaño innecesario, pero le encanta. Caben los dos ahí dentro.
—¿Qué se supone que puedes hacer? —le pregunta.
Lo primero que hace Andy es intentar descifrar el tono de su voz, ¿está enfadado? ¿Ha sido irónico? Se toma su tiempo. Tanto que Héctor abre los ojos y ladea la cabeza, como animándole a que responda. Tiene las manos en la espalda. Lo segundo que tiene que hacer es adivinar qué esconde.
—Hoy no me voy a acostar con nadie.
Sus palabras caen como una bomba que deja sensaciones encontradas en ambos. Mientras Andy, segundos después de decirlo, todavía no es consciente de haberlo dicho en voz alta, Héctor reacciona riendo. Para desgracia de Andy, ríe con sinceridad.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Heredia, ni siquiera tú crees eso. Además, —Héctor descubre sus manos y lo que tiene entre ellas— qué necesidad tienes de negarte un buen rato y… de paso, negarme pasar un buen rato a mí…
Andy levanta la mano para frenar que se acerque. Sin embargo, lo que en realidad quiere es que no pase el aire entre ellos. Por eso, no hace fuerza. En consecuencia, Héctor le besa, como hace unos minutos, antes de que descubriera la marca en el cuello.
—No, para.
Andy lo aparta. No recuerda haber tenido que hacer nunca un esfuerzo tan grande. En ese momento tuvo que dominar su corazón y controlar ese impulso a saciar su adicción.
—No me cabrees, tienes las de perder. Podemos hacerlo bien y disfrutar los dos, o…
Andy tiembla, pero necesita demostrarse que lo puede hacer de verdad. Así que termina de apartarlo y empieza a caminar hasta la puerta.
—¿Dónde te crees que vas? —la voz de Héctor es incredulidad pura.
—Te he dicho que no. No puedes estallar de celos, insultarme. Y después, así sin más, dar por hecho que me voy a acostar contigo. ¿Te crees que no soy capaz de…?
Héctor lo alcanza. Pasa un brazo alrededor de su cintura. Mete la otra mano por debajo de su camiseta y le acaricia la espalda.
—Tienes razón. Lo siento mucho, pero no te vayas, por favor. Porque no puedes entender que te quiera solo para mí…
—Yo no soy así, Héctor. No puedo darte algo que no tengo y en lo que no creo.
Lo mira a los ojos. El fuego que hay en ellos podría calcinarlo solo si lo pensara. Sin embargo, Héctor intenta enmascarar su decepción. Como lo va conociendo, sabe que se le ocurrirá algo para hacerle daño, en otro momento, después de ese «buen rato» que espera tener con él. Y de eso tampoco puede culparle. Es transparente para Héctor, le ha desnudado todos sus puntos débiles y ahora lo tiene en su poder.
Lo besa, vuelve a quitarle la camiseta. Andy se abraza a él. A la delicadeza con la que ahora lo acaricia. Se abraza a la pasión intensa que los une, que lo descoloca. Desarmado, intenta alargar todo lo posible ese instante en el que parece que lo quiere de verdad.
Ese momento de felicidad en el que los brazos de Héctor lo rodean sin la intención de herirlo. Ese instante que será el primero de los pocos que viva pensando que el amor los salvará. Ahí era feliz, y lo sería para siempre, porque la felicidad se vive así, a veces. A veces, se siente solo un instante, pero para siempre.
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