Una historia sobre lo que sucede cuando mirar duele más que apartar la vista.
Acababa de tender las sábanas y no veía a través de ellas, pero no le hacía falta ver para saber qué pasaba al otro lado.
Miró la hora en su reloj de pulsera. En esa calle en la que vivía desde hacía tantos años… Ya conocía a los mismos vecinos entrando y saliendo del supermercado. Los coches que cruzan la nacional. El señor, solo en la terraza del bar, con el tercer café. La chica de la empresa de limpieza que termina en el patio de enfrente.
Pero, de repente, una voz. No era la voz de alguien de más de diez años. «¿Por qué no está en el colegio?». Otro niño más pequeño lloró. Quizá era una niña. No ve, ni oye, con quién están; podría ser la madre, el padre, alguno de los abuelos, alguna persona de confianza… El silencio protege a la persona adulta. Podría apartar las sábanas y mirarlos bien. Quiénes son, a dónde van. No lo hace, ni siquiera cuando escucha «ya se va a portar bien, pero no le pegues más».
Se sujeta a la tela, rezando para que la maldad no sea verdad. Y mira. Los mismos vecinos de siempre, que se cruzan sin mirarse. El señor con la taza vacía. Ni rastro de los niños. Los vio días después, en la página de sucesos del periódico. Los ve cada vez que tiende las sábanas, cada vez más translúcidas, cada vez menos refugio.
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