Esa conversación con la que empiezan las historias
—Hola —digo sin quitarle la mirada de encima, mientras se sienta delante de mí. Mantiene cierta distancia; no sé si alargando la mano lo podría tocar. (Por favor, Beatriz…).
—Hola. Cuánto tiempo… —Él no para de sonreír; al fin y al cabo, es solo un actor que interpreta, vive y siente lo que yo escribo y que, aquí fuera de las páginas, se relaja. Quizá es solo apariencia. Ellos saben cómo hacer que todo parezca que está bien.
—Sí, he estado ocupada haciendo nada.
—Vaya, no suena divertido.
Estamos sentados en esa habitación que me invento cuando voy a escribir, solos. Hay una ventana por donde el sol empieza a esconderse, para darnos más intimidad, tal vez. Hay silencio, pero es un silencio que grita tantas cosas que no sé si me dará tiempo a anotarlas todas.
—He soñado contigo —empiezo a decir.
—¿De verdad? ¿Un buen sueño o una pesadilla?
—Para mí un buen sueño, una idea. Tú no estabas tan contento. Sabes, he leído un libro que me persigue, que me recuerda a ti y del que no sé sobrevivir…
—Pero es lo bueno de los libros, que siempre están. No tienes que sobrevivirlo; puedes releerlo siempre que quieras.
—Sí, supongo que es como dices. ¿Tú te has obsesionado alguna vez?
—Vaya pregunta… Con todo. Con todos.
—Ah, sí, es verdad.
—Sobrevivir a una obsesión es más difícil y no siempre se consigue. Algunas veces te ciegan tanto que no puedes ver más allá de aquello que te obsesiona. Pero que un libro, después de cerrarlo, te persiga o te ronde durante un tiempo… Eso es muy común, no es obsesionarse ni te tienes que preocupar.
—Sí, sí, ya sé. Es que hay cosas que desearía con todas mis fuerzas que…
—Eso nunca va a ser.
—Ya, pero es que no sé cómo sobrevivirte.
—No tienes que hacerlo. Estoy a vuelta de hoja, siempre que quieras. En esos sueños que todavía no has escrito, en cualquier línea suelta que después se convierta en una historia. Tú sigue escribiendo, y yo estaré aquí en cada una de esas palabras.
—¿Crees que no me pasará? Que no me voy a obsesionar…
—No lo harás. Tienes que ver más allá de mí, esas ideas, esos nuevos proyectos que esperan. Tienes que escribir.
—¿De verdad prometes estar ahí?
—Viviendo pesadillas, espero.
—Podría escribir una historia en la que no necesariamente tengas que sufrir o jugarte el corazón en cada página, si lo prefieres…
—Pero ya no serían nuestras historias —adquiere una expresión pensativa y después agranda su sonrisa—. No, no lo hagas. Sobreviviré.
Nos reímos. Luego asiento con la cabeza y cierro los ojos. Cuando los abro, él ya no está y empiezo a escribir.
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