Por ahí no, hijo mío…
Hoy quiero salir de esas líneas que escribo para incomodar y escribir desde un lugar más íntimo. Tal vez porque necesito desahogarme. O porque sé que él nunca lo leerá. Me gusta escribir a quien no puede leerme: es la forma más honesta de tener esas conversaciones que nunca te atreves a tener en voz alta.
Aunque, al pensarlo mejor, sigue siendo incómodo. Porque él, aunque ahora tenga dieciséis años, algún día será uno de esos hombres con cosas que decir, como los protagonistas de mis historias. Y quizá haya más de mi vida y de mi entorno en mis páginas de lo que me gustaría admitir.
A su edad, se supone que yo debería estar dándole consejos: qué caminos evitar, qué hábitos no son buenos, qué personas no le convienen.
«No fumes, no bebas».
«Estudia, estudia, labra un futuro prometedor».
Incluso preguntarle qué quiere ser de mayor… y corregirle si su respuesta no suena lo bastante segura, rentable o tranquila.
El diagnóstico
Pero hace poco más de un año, todo eso cambió.
La psicóloga puso sobre la mesa un informe de cinco páginas, con cinco diagnósticos distintos. Enfermedades mentales complejas, difíciles de definir y de tratar. Llegaron tarde, cuando ya habían dejado huella.
—No es imposible —dijo—. Puede llevar una vida normal con el tiempo.
Yo asentí. Pensé: «Es joven, claro que podrá».
Pero también sé que, cuando una mente necesita más tiempo para sostenerse, los días pesan distinto. El futuro no es una línea recta: es una cuesta.
Una fuerza desde dentro
Ahí nace el desaliento. No solo el suyo, también el mío. Porque una enfermedad mental no se ve como una herida en la piel, pero condiciona cada gesto: levantarse, concentrarse, confiar en uno mismo, imaginar un mañana. Hay días en los que simplemente existir ya es un esfuerzo enorme.
Por eso, en lugar de exigirle que sea «normal», yo deseo otra cosa.
Deseo que quiera vivir ahora.
Que quiera perderse una noche y dormir un día entero.
Soñar con viajar con una mochila, conocer gente distinta, equivocarse.
Que tenga cuadernos llenos de cosas que aún no sabe explicar: rabia, amor, miedo, ganas de correr sin saber a dónde.
Porque incluso en medio del diagnóstico, hay espacio para la recuperación. No siempre es rápida ni limpia, pero existe. A veces empieza en algo tan pequeño como atreverse a escribir una frase, salir a dar un paseo o imaginarse en un lugar distinto.
Un futuro incierto y esperanzador
Ojalá pudiera creer (y que él también lo creyera) que todavía puede ser muchas cosas. Que no tiene que encajar en una idea estrecha de éxito o normalidad. Que crecer no es convertirse en alguien rígido, sino en alguien que aprende a sostenerse con sus propias alas, incluso cuando tiemblan.
No sé qué hombre será.
Pero sí sé esto: mientras haya deseo de vivir, de imaginar, de moverse, hay futuro.
Y eso, incluso en medio de la enfermedad, también es una forma de esperanza.

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